Sentía que algo me metían por la oreja, algo afilado, como que sacaban algo. En momentos estaba pendiente de lo que tenía que hacer y luego estaba como adentro, estaba en un viaje como de entrar y salir. Fue muy sensorial, racional, con el cuenco me sentía mucho mejor. Sentía la voz como un palillo de tejer, fino y pasaba, pasaba. 

Lo bueno es que no estaba apretando la mandíbula, no sentía tensión en el cuerpo”. 

 

Francisco Bustamante